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Debería empezar esta carta con un titular que capte tu atención,

pero lo mismo no te encaja, no sigues leyendo

y pierdes la oportunidad de tu vida.


Bueno,

oportunidades siempre hay, pero la mayoría de las veces ni las ves.

 

Esta vez sí la has visto.

Has visto el pequeño hueco y quieres entrar, por eso estás aquí.

 

Es el momento,

así que aprovecha antes de que se te pase y sigue leyendo.

 

Porque, estés buscando o no alguien que te guíe en tu emprendimiento,

es casi seguro que lo que te voy a contar te ayuda a

avanzar en tu negocio y en tu vida.

 

Así que lo del titular lo dejo de tu cuenta.

 

Yo, voy al lío.


  • Te voy a contar una historia de cuando me desahuciaron porque no sabían que más hacer conmigo, que tiene las claves más importantes para emprender y tener (buenos) resultados.


     

    Pero antes te pongo en situación.


     

    Mira…


     

    Hay 2 tipos de emprendedores, los que disfrutan y los que no. Los que avanzan y los que sufren. Los genuinos y los impostores. Los que persiguen el dinero y a los clientes, y los que los atraen.


     

    Estoy casi segura de que quieres ser de los que disfrutan, de los que avanzan, de los genuinos y de los que atraen a los clientes y al dinero.


    Yo lo tengo claro.


    Pero sé que no siempre es fácil mantenerse en el camino (salvo que entiendas lo que aprendí de la historia del desahucio).

     

     

    Y hay 2 tipos de mentores, coaches, guías o como quieras llamarlos, los que te hacen encajar en sus recetas y los que crean una para ti.


     

    Los que crean una para ti hacen que veas tan claro lo que quieres que no puedes evitar ir a por ello. Ocurre de manera natural. Solo te compensa trabajar con uno de los segundos.


    Porque cuando entramos en terreno desconocido es muy fácil (casi inevitable) dejarse llevar por los “expertos” hasta no saber quién eres, qué quieres ni a dónde vas.



    Puede que al principio te cueste distinguir unos de otros. Separar el grano de la paja. Pero si entiendes la pequeña historia que te voy a contar, lo verás claro:



    Zaragoza. Invierno. Frio. Mucho frío.


     

    Siete de la tarde. De noche. Oscuro. Muy oscuro.


     

    Un gimnasio lleno de vida. Bonito. Iluminado. Calentito.



     

    Por primera vez, tras muchos meses de reposo, paso de los consejos médicos y decido ir a una clase.

     



    Estoy frustrada, preocupada, triste, enfadada, perdida, desesperada.



     

    He hecho todo lo que me han dicho, he seguido sus indicaciones y todos sus consejos. He sido obediente. He tomado la medicación, he hecho reposo, rehabilitación y pruebas dolorosas sin rechistar, pero sigo igual.


     

    Bueno, igual no, peor. La medicación y el reposo prolongado debilitan y la rehabilitación sin resultados desgasta y desespera.


     

    Y con este panorama me dan el alta. No porque este bien, sino porque nada funciona. No pueden hacer más por mí. O eso me dicen.


     

    Me desahucian.


     

    Así que paso de todo y sigo mi propio criterio. Me voy al Gym. Pero no soy una inconsciente. Me va la acción, pero la acción con cabeza.


     

    Negar la evidencia es del género tonto. Y obviar las lesiones, aunque no las entiendas, es un suicidio si quieres disfrutar del deporte (y de la vida) a largo plazo.


     

    Así voy a una clase de “espalda sana” (que resulto ser súper cañera).


     

         «Mi especialidad son las taradas, ¿me dejas ayudarte?»


     

         «Taradas de locas no, taradas de tara. No me entiendas mal…»


     

    Así es como conocí a Jordi.


     

    Podía sonar ofensivo. Muy ofensivo. Pero entendí lo que quería decir, y lo soltó con tanta naturalidad que hasta me hizo gracia.


     

    Había interés genuino en sus palabras. Detrás de aquella actitud de “sobrao” había un pedazo de profesional con ganas de ayudar y, algo aún mejor, y poco frecuente, autenticidad.


     

    Era todo un personaje que no ocultaba lo que pensaba (siempre con respeto). Si te gustaba bien y si no también.


     

    Jordi era el monitor que dio aquel día la clase de espalda sana y como buen profesional (y emprendedor) se había percatado de mis lesiones (alias taras) y venía a ofrecerme ayuda (y sus servicios).

     


    Era (es) un ex gimnasta profesional que estudió INEF y se había especializado en “taradas”.

     


    Yo siempre había querido trabajar con un entrenador personal pero nunca lo había hecho, era una ilusión, un deseo, pero… no una prioridad. Y en aquel momento se convirtió en prioridad.


     

    Bueno, hablemos con propiedad, yo lo convertí en una prioridad.


     

    Porque estas cosas nunca son cuestión de dinero, ni de tiempo. Eso son las historias que nos contamos para seguir soñando… “algún día…” y ese día nunca llega. Es una cuestión de prioridades. Siempre.


     

    Necesitemos justificar las cosas que queremos. Siempre. Somos así. ¿Qué narices nos pasa?


     

    Así que en aquel momento lo convertí en una cuestión de salud, paso a ser una prioridad y el tiempo y el dinero “aparecieron”.


     

    Increíble pero cierto. Nos pasa a todos. A mí me pasa y a ti te pasa. Piénsalo.


     

    La cuestión es que empecé a trabajar con Jordi y fue la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo. Todo empezó a cambiar. Se empezaron a mover cosas y empecé a avanzar.

     


    Y no solo a nivel físico. También mental, emocional y empresarial.


     

    Y fue muuuuuuuy divertido.


     

    Vale, soy un culo inquieto y un poco hiperactiva, así que reconozco que tuve que echarle paciencia y aprender a gestionar la autoexigencia y la autocrítica, pero lo disfruté mucho. Y, aunque le volvía un poco loco, Jordi también.


     

    Nadie le hacía tantas preguntas como yo (curiosidad en vena, deformación emprendedora) y eso le molaba. A todo el mundo le pone hablar sobre lo que le apasiona y, más aún, si lo domina.

     


    Decía que no conocía a nadie que no callara ni al límite de sus fuerzas. Ahí estuviera apretando los dientes del esfuerzo. Se moría de risa. Yo también. Tenía razón, no puedo evitarlo.

     


    Fue un oasis en medio del desierto. Uno muy largo, muy seco y muy oscuro.

     


    Era un tipo de contrastes. No he conocido a ningún deportista más vago que él estando tan en forma. ¿Correr? Correr es de cobardes, decía.


     

    Pillaba todos mis tics y malas costumbres (apretar los dientes, los puños…) y eso me ayudó a detectar sobrecargas musculares y emocionales, que desde "dentro" eran difíciles de ver (tenía un estrés muy muy heavy).

     


    Espero encontrar algún día otro entrenador como él y esta vez, poder avanzar más allá de la recuperación de lesiones.


    Esta historia tiene varias lecciones importantes. Muy importantes. No una. Varias.

     


    Si no las has pillado, aún no estás listo para contratar a nadie. A mí tampoco. Esa es mi opinión. Y, como con toda opinión, puedes tomarla o dejarla. Eso es cosa tuya.

     


    Por si acaso, te las cuento.


     

    Pensaban que eran las rodillas, pero era la cadera. Pensaban que era el brazo, pero era la espalda. Pensaban que eran las cervicales, pero era una “mala costumbre”.

     


    El problema no es la estrategia, ni las ventas, ni los clientes, ni las redes, ni la web… es otra cosa (o combinación de varias) y esa es la fuerza oculta, el imán invisible, el freno misterioso que te impide despegar y avanzar. Eso es lo que hay que encontrar y adiestrar. En lo que hay que trabajar y resolver.


     

    Mi problema no eran las cervicales, ni era un caso perdido, ni tenía que seguir “en reposo” esperando un milagro. Eso me estaba matando.

     


    Pero con tanta información (mucha de ella contradictoria), la opinión de tantos expertos (cada uno con su receta) y tantos intentos y esfuerzo sin mejoría, estaba perdida. Confundida. Bloqueada. Desesperanzada.


     

    Y es que nos enfocábamos una y otra vez en el lugar incorrecto.

     


    Los médicos y demás profesionales de la salud en la parte incorrecta de mi anatomía y yo en la parte incorrecta mi negocio. O, mejor dicho, de lo que yo quería de él.

     


    Si lo de siempre no está funcionando, hay que buscar en otro lado. ¡Si las llaves están en la puerta no las vas a encontrar en el bolso!

     


    Jordi me mostró el camino con el que recuperé la ilusión, la fuerza, las ganas… y encontré el camino. Mi camino.           

                                        

                                                                                                                                                  

    No necesitas comprar la historia de otro (por muy experto que sea), necesitas que te ayuden a descubrir tu historia, la que te estás creyendo y después, si quieres, cambiarla y empezar a poner tu energía en el lugar correcto.


     

    Y esto solo es posible de la mano de alguien que lo haya vivido.

     


    Nadie puede llevarte a un lugar en el que no ha estado. Eso es así. Solo tienes que pensar en algún catedrático, científico o altas esferas que trabajan desde despachos sin pisar el terreno de juego. El papel lo aguanta todo y la teoría es genial… para malgastar papel y acabar con el planeta.


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  • Respecto a Jordi como emprendedor y profesional:

  •      

     

    Su estrategia y las “armas secretas” que le hacen diferente al resto de entrenadores (seguro que muchos tan buenos como él). Las más potentes, sin duda, su autenticidad, la seguridad en sí mismo que trasmite y su interés genuino por lo que hace y por las personas a las que entrena.

     


    Sabe perfectamente lo qué hace, lo que quiere y para qué lo quiere (quedaba claro en cada conversación). Sin esto claro es imposible sentir seguridad y si no la sientes, no la transmites. Fin.


     

    No me dio su receta. Se molestó en conocerme, aprendió cómo funciono y creó una a mi medida.

     


    Se dio cuenta de que no soy como la mayoría. No soy de las que hay que animar para que haga más, sino de las que hay que decir que pare antes de que desfallezca (tenía dificultad para distinguir dónde está el límite). Si me hubiera dado una receta estándar, habría acabado conmigo.


     

    Antes de cada sesión, me examinaba, valoraba y decidía la receta para ese día. Muchas veces no era lo que yo quería. Yo quería caña, pero necesitaba estiramientos. Él lo sabía. Yo confiaba. Si no ¿para qué perder tiempo y dinero?


     

    Si contratas a alguien confía en él, si no, no le contrates. No tiene sentido.


     

    Jordi no tenía un plan en el que hacerme encajar con calzador. Cada día calibraba y decidía lo que necesitaba. A veces me molaba y otras no, pero confiaba y seguía el proceso.


     

    Y no me entiendas mal, no hablo de seguir instrucciones como un borrego ¡ni se te ocurra!, sino de colaborar y ser un equipo.


     

    Él hacía su parte y yo la mía. Si no, no funciona.


     

    No me daba la razón y no ocultaba lo que pensaba. Me cuidaba, y cedía en lo que era importante para mí (aunque no fuera lo mejor para él), como entrenar fuera, aunque hiciera un frio de la leche (Zaragoza…invierno).


     

    Pero no compraba mis excusas. Veía más allá, me aconsejaba para que pudiera avanzar sola y no intentaba decirme lo que quería escuchar.


     

    Eso es lo que hace que las cosas funcionen. Y cuando las cosas funcionan hay resultados.


     

    Nada de esto tiene que ver con sus aptitudes técnicas en lo suyo, que eran evidentes, sino con otras muchas cosas que son las que te diferencian en un mundo lleno de personas que hacen lo mismo que tú, tan bien como tú e incluso, algunos, mejor que tú. 


     

    Pero…


    Nos encanta “escudarnos” en el “experto” que somos (o pretendemos ser).


    Así que nos enfocamos en sacarle brillo a esa faceta, ignorando que lo que de verdad te hace brillar está detrás de una capa de polvo tan grande que ni tú lo ves.


    Y lo sabes, pero… te da mucha pereza (y miedo) removerlo,

    no vaya a ser que tengas alergia al polvo.

     

  • Respecto a mí como persona y emprendedora:



  • No compro el veredicto de los médicos ni demás expertos varios. No me rindo porque después de intentar tantas cosas los resultados no lleguen. Por no entender. Por no saber qué hacer. Lo sigo intentando. No espero a que se pase el dolor para ponerme en marcha. No espero a estar mejor, a que desaparezca la depresión, ni la pereza, ni a que el negocio despegue.


    No funciona así.


     

    Tengo que ponerme en marcha para que se pase, para mejorar. Para avanzar. Tengo que hacer que ocurra. Lo sé. Lo sabía. Solo yo podía hacerlo. Nadie iba a venir a hacerlo por mí.

     

     

    Y para eso hace falta que haya personas como Jordi. Que busquen taradas a las que ayudar a resolver sus taras. Vale cada céntimo que pagué (aunque no pudiera hacer todo lo que quería).

     


    Fue, sin duda, lo que más pena me dio al irme de Zaragoza. Dejar las sesiones con Jordi.

     


    Podía sobrevivir sin él, ya lo hacía antes, pero sus sesiones me aportaban muchísimo. Eran mi soplo de aire fresco en aquellos días de oscuridad.

     


    Allí me reconocía, comprobaba que, aunque el resto del tiempo no lo pareciera, seguía estando allí, seguía siendo yo, y que eso me dio la energía y la fuerza para seguir buscando y tomar la (difícil) decisión de dejar el negocio que me estaba robando, literalmente, la vida.

     


    Por si lo has pasado por alto entre tanta intensidad (a veces me pongo un poco intensa), hago un inciso - Ninguna relación puede estar basada en la necesidad. Ninguna. Ni sentimental, ni de amistad, ni laboral ni empresarial. Personal o contractual. Genera dependencia, y la dependencia es destructiva. No funciona. No es sano. - Fin del inciso.



    Y eso es lo que yo busco en un profesional. Sea en el sector que sea, busco un Jordi. Por desgracia no abundan. Haberlos haylos, pero hay que buscarlos.


     

    Han pasado casi 10 años y aún le echo de menos. Fue corto pero intenso. Decisivo para mí, para mi vida y para mi negocio.


    Ya te he dicho que Jordi era un personaje, lo que no te he dicho es que iba por libre. Era el único entrenador al que permitían imponer sus propias reglas dentro del gym. Y tenía una sagrada.

     


    No trabajaba con cualquiera. Él elegía con quién trabajaba y con quién no.



    Esa es una de las cosas que más me gustan de emprender. La libertad. La libertad de decidir con quién trabajo y con quién no. Escoger mis colaboradores, mis proveedores y mis clientes. No todo vale.




    De hecho, muy poco vale.



    No sé lo que le pides tú a un profesional para contratarlo, pero te digo lo que le pido yo a un cliente para trabajar juntos. Son mis no negociables y no hago excepciones.

     


    A estas alturas de la peli ya no quiero perder mi tiempo ni hacérselo perder a nadie. Quiero resultados. Resultados para mí y para las personas que confían en mí.

     


    Puede que te suene tajante, y tal vez lo sea, pero a veces la tolerancia es la ruina de muchos negocios (y muchas vidas). Y aunque no siempre es lo mejor para hacer “amigos”, me ha salvado del abismo más de una vez.


     

    Así que sí, para algunas cosas soy muy tajante.


     

    Mi juego, mis reglas.


     

    No tienes que estar de acuerdo con ellas, si te gustan perfecto, y si no… hay muchas más personas ahí fuera. Quizás sus reglas te gusten más o puede que hasta que ni las tengan. It´s up to you.


     

    Si al final trabajamos juntos construirás tu juego y pondrás tus reglas.

  • Hasta entonces te cuento las mías:


  •     

    1.    Solo trabajo con gente comprometida. Con mente abierta y dispuesta a hacer el trabajo. Sin medias tintas. Sin excusas. Sin reservas. Que confíen en mí y listos para descubrir su camino y avanzar por él. Dispuestos a dejarse sorprender y salir del plan establecido. Las ideas preconcebidas te hacen prisionero. Las palabras clave son curiosidad, confianza y compromiso.


     

    2.    Mis precios son acordes al valor que entrego. No son bajos y no son negociables. No hay regateo. Eso se lo dejo a los que solo quieren tu dinero. Yo quiero tu compromiso y resultados. Por eso pagas el 10% para reservar la primera sesión y el resto antes de la segunda. Así ninguno de los dos nos preocupamos más por eso y nos centramos en lo importante. El trabajo, tú y tus resultados.


     

    3.    No trabajo con nadie con quien no me haya reunido y que no haya rellenado el formulario antes. Nunca. Primero necesito esa información para saber si puedo ayudarte y si me interesa trabajar contigo. Luego nos conocemos en una reunión por zoom, vemos si congeniamos (tú debes gustarme a mí y yo debo gustarte a ti) y, si a los dos nos convence, nos ponemos en marcha.


     

    Con esto aclarado, si te interesa saber más para trabajar conmigo ya sabes cuál es el siguiente paso. Aquí abajo te dejo el enlace al formulario.


     

    Contesta a TODAS las preguntas con la mayor claridad y honestidad posible.


     

    Crea que puedo ayudarte o no, y me interese o no que trabajemos juntos, me pondré en contacto contigo.

     


    Y eso es todo. Nada más y nada menos.


     

    Te deseo un feliz día y mucho éxito en el camino que elijas.

     

     

    Aquí para rellenar el formulario